Pablo de Santis, un escritor para todas las edades: “Hay un profundo vínculo de la literatura con la infancia, siempre”

Su producción como novelista, cuentista y guionista de historietas lo han llevado hasta allí. Grandes y chicos disfrutan por igual de sus relatos. Centenares, quizá miles de colegios lo han visto pasar por sus aulas para el fecundo rito de leer y conversar con los alumnos.

Su novela más reciente, Academia Belladonna, es un título cargado de veneno. En dicha academia se enseña a asesinar. Con arte y refinamiento.

Para cumplir con sus objetivos individuales, cada aspirante deberá completar un curso de entrenamiento que incluye un singular duelo con otras dos academias rivales, los Alquimistas y la Escuela Borgia.

Historia policial de misterio, de intriga, de disquisiciones existenciales. Uno de los piélagos donde De Santis, incansable nadador, se desliza más anchas.

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Miembro de la Academia Argentina de Letras desde 2017, dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-En una entrevista que te hicieron en Infobae te presentan como “gran escritor argentino”. ¿Qué se siente cuando a uno lo ponen en esa categoría, Pablo?

-(Ríe) Es una exageración, por supuesto. Pero bueno… siento un poco de vergüenza, digamos.

-Claro. Uno puede sentir vergüenza, satisfacción o miedo, porque, de alguna manera, ya te están poniendo en el bronce, ¿no?

-Sí, un poquito de vergüenza. Pero me siento muy agradecido.

-Si a vos te tocara ponerle ese mote de gran escritor a alguien, ¿a quién elegirías?

-Creo que son los escritores que tienen algún mundo personal y una obra cuyo corazón ya está logrado. Qué sé yo, Borges, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Marcos Denevi. Son como monumentos inevitables cuando se habla de literatura argentina. También hay otros escritores como Sara Gallardo, por ejemplo.

-Hablando de Borges, ¿por qué le gustaba tanto el relato policial?

-Porque, según creo, él era muy crítico hacia la tradición de la novela del siglo XX; por un lado, de la novela psicológica y, por otro lado, de la novela de vanguardia. Y veía estos dos frentes como caóticos.

-¿Qué encontraba, entonces, en el policial?

-La novela policial le imponía un orden. Significaba la nostalgia por un orden que la novela había perdido. Y también creo que por una especie de gusto por la épica. La novela policial tiene algo de épico, aunque es una épica, digamos, mínima, no de grandes batallas sino más bien una épica un poco solitaria, del héroe solo, del detective frente al crimen.

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La portada de Academia Belladonna.

La portada de Academia Belladonna.

-Vos has confesado que te divertiste mucho escribiendo Academia Belladonna. Supongo que también Borges, cuando se juntaba con Bioy y sus amigos, la pasaba muy bien inventando sus enigmas.

-Sí, son libros basados en la amistad y son muy muy divertidos. Y que llegan a un extremo, no en los cuentos policiales, sino en El signo. Es un librito muy poco conocido, que llega a ser directamente incomprensible. Las bromas ya les hacen perder la referencia. Y como lectores quedamos completamente afuera de ese código que tenían entre ellos.

-Para que te salga buena literatura, ¿tenés que disfrutar lo que estás haciendo, tenés que divertirte? Digo, porque hay escritores o pintores que se nota que sufren su arte, que lo padecen. Sus obras son como desgarros. ¿Qué opinas al respecto?

-Me parece que hay una especie de placer en la dificultad o un encanto en la dificultad. Es un poco como ocurre con las palabras cruzadas o los juegos de ingenio. Uno se siente más atraído por aquello que le cuesta. Si es fácil, uno pierde el interés enseguida.

-¿Cuál de estos juegos practicás?

-Me gusta hacer el juego más difícil que conozco, el de la revista Viva, de Clarín, los domingos. Es una especie de grilla literaria. Me encanta el placer que me provoca. Siempre, al principio, me siento, completamente perdido. Digo: ¡no la voy a poder resolver! Bueno, finalmente lo resuelvo. Con la literatura es un poco así. Uno se engancha en aquello que le cuesta. Como en todos los juegos.

-Vos cultivás varios géneros: novela, cuento, historieta, etcétera. Al mismo tiempo, tus relatos son para el público adulto o el juvenil. ¿Es difícil para un escritor modificar el registro? ¿Cómo se cambia el chip de la literatura de grandes al de la literatura de chicos?

-Lo que pasa es que yo escribo como para chicos grandes. Y no hay tanta diferencia con la literatura para adultos, por lo menos la que hago yo, que es una literatura de imaginación. Además, los elementos imaginativos están en las dos, en las historias para chicos y para grandes.

-Pero alguna distinción pareciera existir. ¿Qué diferencia podríamos hallar en tu literatura para chicos y para grandes?

-En algunos libros que, para mí, son un poco más realistas y en otros que son más volcados a la imaginación. Cuando escribo siento que ahí está la diferencia. No me pregunto tanto ese asunto de los chicos y los grandes.

-Digamos que tenés como un pasaje natural. Como si caminaras. Te sale solo.

-Sí, porque yo encuentro que hay un profundo vínculo de la literatura con la infancia, siempre. Uno escribe con su infancia, con sus recuerdos. La literatura, como siempre, atrasa. Uno no escribe con lo que acaba de conocer. Uno siempre escribe con cosas que han gravitado durante mucho tiempo en uno. Uno en la infancia descubrió los libros, ¿no?

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De Santis es un escritor para todas las edades.

De Santis es un escritor para todas las edades.

-Un colega, José Luis Verderico, te pregunta: ¿qué disfrutas más, el proceso de la escritura o la obra terminada?

-Disfruto más en el proceso de la escritura. Me divierte mucho ir sacando, cambiando cosas. Me encanta. Y en especial en este libro, Academia Belladonna, que, además no tenía esa especie de estructura rígida de los policiales, con un enigma y una solución.

-¿Cómo es?

-Esta es una novela ambientada en el mundo del policial, pero, como en el centro hay una escuela de asesinos, si bien existe una intriga, no es una novela de enigma.

-En definitiva, tener un problema por delante es motivante.

-El otro día hablábamos con Ricardo Mariño sobre esto. Él se refería a la neurosis del escritor. Yo creo que sí. Hay algo de neurosis del escritor porque una vez que tiene algo terminado, piensa que se equivocó, que no está bien, que lo podría haber escrito mejor. Cuando uno está escribiendo un libro todo es posible.

-Hay muchas enseñanzas en tu historia. Por ejemplo, está la academia de asesinos que le da título al libro. Vos no sos un asesino, suponemos…

-(Ríe) No, no, no…

-Entonces, ¿dónde empezaste a informarte y a formarte en el asesinato, en el uso de los venenos?

-Traté de trabajar, más bien, con mis recuerdos de las novelas de Agatha Christie. Y, respecto de los venenos, con la historia cultural más que con la ciencia de los venenos.

-¿Con alguna referencia en particular?

-Me acordé de que Agatha Christie había trabajado, de muy joven, en el dispensario donde están los medicamentos de un hospital. Y, bueno, en esa época muchos medicamentos servían para matar. El arsénico, por ejemplo, servía para curar o para matar. La belladonna también. Siempre me gustó esa doble faz de algunos productos, como ocurre hoy con muchos remedios, que si uno los toma sin necesidad podrían hacerte mal.

-En tu escuela de asesinos hay hasta clases de esgrima. Y, entre otras cosas, los alumnos se entrenan en “el efecto del cuarto cerrado”. Algo de eso nos enseñó Edgar Allan Poe, ¿no?

-(Ríe) Sí. Eso es divertido porque, si uno lo piensa, la literatura policial nace con un cuarto cerrado. En el cuento de Poe, el que sea un cuarto cerrado es una especie de casualidad, ¿no? Pero en otros autores aparece como algo deliberado de los asesinos.

-Claro. Ya se vuelve un leitmotiv.

-Y uno piensa que es absurdo. ¿Por qué el asesino va querer cerrar un cuarto? No tiene ningún motivo. Pero quedó como una especie de metáfora del género: la idea de que es un orden simbólico cerrado el del policial.

-Por eso, en un caso policial real, muy potente, como el de la muerte de Nisman, hasta el día de hoy nos preguntamos sobre el efecto del cuarto cerrado.

-Sí. Me acuerdo perfectamente de que ahí se volvió a hablar con el tema del cerrajero que había encontrado la puerta cerrada, aunque parece que después no fue así. Y se planteó en los mismos términos, como vos decís, de la novela policial.

-Hablando de Edgar Allan Poe, ha recobrado un fuerte protagonismo. Por ejemplo, en la reciente y exitosa serie Merlina le hacen permanente homenaje. Y venimos de ver la película Los crímenes de la academia, donde Poe hace de ayudante del detective.

-Sí, vi la película. La obra de él es muy atractiva. Inventó el género policial. Es, además, una figura relevante del cuento de horror, pero sin efecto sobrenatural. Generalmente, salvo algún caso, no hay cosas sobrenaturales. No hay fantasmas. Si hay un muerto vivo, es alguien que sufre un caso de catalepsia y ese tipo de cosas. Generalmente la clave del terror son más bien aberraciones de la personalidad y la percepción. Son como casos clínicos. Es un autor interesantísimo que está siempre presente. Y, además, él es un personaje.

-Por temática y por similitud de época, podríamos ponerlo en paralelo con Lovecraft, que, exactamente al revés, fue un cultor del horror cósmico con historias plagadas de monstruos y personajes sobrenaturales.

-Sí. Y es, también, un horror profundamente original porque en ese mundo hay esas especies de deidades monstruosas que habitan la Tierra, que acaban de despertar o que vienen del espacio.

-Vos has dicho que “escribir es inventar, es agregarle cosas al mundo”. Pues bien, Lovecraft inventó mundos a la manera de Tolkien. Y hasta un libro secreto y maldito, el Necronomicón.

-Sí, son esos libros que abundan en los cuentos de Lovecraft. Y el principal es el Necronomicón del cual, dice, encima, que hay un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en la calle Las Heras.

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Las obras de Pablo de Santis. Foto publicada por Donde Viven los Libros.

Las obras de Pablo de Santis. Foto publicada por Donde Viven los Libros.

-Vos también vas sembrando algunas referencias literarias en Academia Belladonna, como los cuentos de Saki.

-Sí, me gusta meter eso. Hay referencias a libros inconclusos, además.

-Por si esto fuera poco, metés otro ingrediente interesante como la filatelia. ¿Cómo se te ocurrió?

-Me dio una gran alegría cuando descubrí la idea de que había una especie de economía paralela hecha de viejas estampillas. Yo, de chico, era un coleccionista bastante discontinuo.

-¿Por qué? ¿Qué te motivaba?

-A casa llegaban muchos sobres del exterior porque mi padre era médico y mi madre también. Entonces yo juntaba sus estampillas. Pero siempre me atrajo el hecho de que las estampillas más valiosas son aquellas en las que hubo algo que falló porque se rompió la imprenta, falló un color o el país al que pertenecían dejó de existir. Esa idea de que es el error o la falla lo que hacen algo memorable, me encanta.

-Otro magnífico invento de tu novela es el Sanatorio del frío. Como para que aparezca Jack Nicholson con un hacha en la mano.

-(Ríe) Sí, ese lugar donde curaban a través del frío. Pero eran previsores porque tenían su propio cementerio abajo.

-En realidad, has inventado un montón de lugares icónicos. ¿Lo buscás adrede o te va saliendo?

-Me va saliendo y creo que tengo una especie de predilección inconsciente por los hoteles, que aparecen mucho en mi libro. Los hoteles y las llaves de los hoteles aparecen más de lo que yo quisiera, pero, bueno, no sé… Me gusta, me gusta inventar lugares.

-Como decíamos más arriba, cultivás distintos géneros. ¿Hay alguno de ellos en el cual te sintás más feliz, más cómodo, o los transitás a todos de manera parecida?

-Para mí, como te decía, siempre es lo mismo escribir para grandes, para chicos y también historietas. La historieta tiene ese plus, digamos, un placer de otro tipo. Y es el hecho de que uno escribe algo muy laboriosamente, porque el guion de historieta es muy complicado. Y después tiene la devolución del dibujante. Entonces uno queda encantado porque ve cómo otra imaginación se sumó a la historia y les puso caras a los que eran apenas nombres; y lo que eran breves descripciones de edificios se convirtieron en arquitecturas expresivas.

-¿Te acordás de alguno en especial?

-Yo trabajé con extraordinarios ilustradores como Max Cachimba, Juan Sáenz Valiente, Matías San Juan o Frank Arbelo.

-Hace poco hablábamos aquí con Guillermo Saccomano, que escribió uno de los prólogos para la reedición de El Eternauta. ¿Qué valor le atribuís a esta obra?

-Es uno de los libros más importantes de nuestra historieta, aunque, de la obra de Oesterheld, yo prefiero Mort Cinder. De El Eternauta me encanta, sobre todo, el comienzo con los amigos. Está muy bien retratado el mundo doméstico. Oesterheld tomó algunos elementos de su vida porque vivía en una casita en la zona norte de Buenos Aires. Retrató ese mundo que después sería aniquilado por la invasión.

-¿Por qué elegiste el Londres de los años treinta como escenario de Academia Belladonna?

-No sé por qué ni cómo se me ocurrió, la verdad. La época, sí. Quería algo que estuviera en el siglo XX, pero que quedara fuera de la trama el nazismo. Si bien había, en esa época, pero como Hitler sube la Cancillería en el ’33, esto sucede un poco antes. Entonces pude hacer una trama que lo dejara de lado.

-¿Qué te transmitían ese lugar y ese momento?

-Pensé en Londres porque es una ciudad que apenas conozco. Muy ligeramente pasamos con mi familia por ahí. Tengo, sobre todo, como una imagen suya de fábula, de las películas, de las novelas. Un poco, también, de la época de oro de Agatha Christie.

-Además, cuando uno se traslada a ese Londres, se le aparece la figura del Jack el Destripador.

-Sí, sí. Y el Londres de los años treinta debe haber sido el lugar donde hubo más novelas policiales. Se escribió una cantidad impresionante, si bien nos han quedado algunos nombres de esa época.

-Al presentar a un detective legendario de tu historia, Caleb Lawson, le hacés decir: “Se ha perdido el arte de la investigación -solía lamentar-. Pero, sobre todo, es el arte del crimen el que entró en decadencia”. Muy poético. Todo un detalle.

-Sí, este es un personaje que aparecía en una novela anterior mía, El enigma de París, cuando era joven. Acá ya es un hombre muy mayor. El narrador de esa novela no le tenía ninguna simpatía al detective inglés. Ahora reaparece con esa nostalgia, que es un poco la comparación entre los crímenes literarios y los crímenes reales, tan brutales, siempre.

-El género policial es muy fecundo y pareciera que lo va a ser siempre, porque tenemos una infinita predisposición a matarnos entre nosotros.

-Sí. El policial tiene dos cosas. Una mirada, siempre, sobre la violencia porque, de hecho, hay crímenes. Y, por otro lado, esa idea de que juega siempre con la verdad escondida; de que los otros tienen una verdad. Es decir, que el policial postula que todos somos un poco detectives porque queremos saber qué piensan los demás, cuáles son los secretos de los demás.

-Somos todos detectives. Magnífica conclusión.

-Hay, para mí, una psicología del policial en donde pensamos que hay una verdad escondida a la cual podemos llegar a través de los furcios de los otros, de los gestos o de alguna señal que hayan dejado.

-Hablando del auge del policial, en determinada nota nombrás a autores como Borges, Silvina Ocampo, Bioy, Rodolfo Walsh, etcétera. Pero pasa el tiempo y el género no pierde vigencia. Por ejemplo, en la pantalla y en los libros el policial argentino sigue gozando de muy buena salud.

-Sí. El género policial en Argentina tiene una gran historia. Desde los investigadores de la universidad que encontraron la primera novela policial argentina, La huella del crimen, de Raúl Waleis, que era un seudónimo del hijo de Florencio Varela. Una novela del siglo XIX. Después tenemos todo ese largo historial en donde podemos poner, también, al padre Castellani, por ejemplo, que escribió unos cuentos interesantísimos.

-¿Cómo tomás la gran fascinación que hay en estos tiempos, sobre todo en la pantalla, por el asesino serial? ¿Cómo lo interpretás, siendo un cultor del género policial?

-Me parece que han arruinado un poco las novelas los asesinos seriales porque, por un lado, tienen esa cosa del sadismo, de la crueldad que, a mí, personalmente, me resulta desagradable.

-Pero no siempre…

-Hay algunas novelas que son geniales como El silencio de los corderos, de Thomas Harris, a partir de la cual se hizo la película con Jodie Foster. Hay muchos rasgos de intimidad del personaje y la psicología que están muy bien hechos. Pero, bueno, no me agrada tanto el género. Cuando en una película hay un asesino serial y, sobre todo, cuando ya establece una especie de desafío con el detective, cambio de canal.

-A veces estas son tramas de ficción, pero, en algunos otros casos, como en Dhamer, se trata de historias reales. Es entonces cuando uno se pregunta: ¿qué le pasa a este tipo? ¿Qué nos pasa a nosotros, como seres humanos, para llegar a eso, a ser un caníbal?

-Sí, sí son monstruos absolutos. El otro día vi la película de ficción (El ángel de la muerte), pero también el documental sobre este enfermero que mataba pacientes porque sí. Ni siquiera quería matar a uno en particular. Les ponía insulina a las bolsas de suero para que muriera cualquiera. Son cosas que nos resultan incomprensibles, ¿no?

-Te leo un posteo en Twitter de un filósofo español, Carlos Javier González Serrano: “Cuando se dice que ‘los adolescentes no leen libros’ porque son ‘nativos digitales’, se olvida que la lectura es un hábito, y como todo hábito, se entrena. Leer con ellos en alto o regalarles libros que coincidan con sus intereses son métodos efectivos para invitarlos a leer”. Supongo que compartirás la reflexión.

-La comparto completamente. Creo que la literatura sí es un hábito y se transmite. Y no solamente la lectura de ficción. Que uno prefiera novelas, depende del gusto de cada uno. Pero el placer de leer es común a toda persona que ha logrado llegar a cierto nivel en su educación.

-¿Te ha tocado ir a un colegio o a algún otro ámbito a leerles a los chicos?

-(Ríe) Sí. Voy muchísimo a colegios. También en Mendoza, por suerte.

-¿Y cómo es la onda? ¿Qué te dicen los chicos cuando dialogás con ellos?

-Siempre es muy divertido. A veces es inesperado porque los chicos tienen críticas. Y a diferencia de los adultos, porque un adulto no te va a decir que algo no le gustó, a lo mejor por una cuestión de cortesía; a los chicos no les importa nada.

-Exacto. Te largan la cruda verdad.

-Y siempre hay algo que para mí es un enigma de los chicos. Para mí hay novelas que terminan como cualquier otra novela y ellos me dicen: ¿por qué eligió el final abierto? ¿Qué es lo que ellos llaman final abierto? Mirá que todos los años voy a decenas de escuelas, desde hace décadas. Pero siempre me llama la atención cuál es la idea esta que tienen del final abierto. Es un misterio.

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Pablo de Santis.

-¿Y a vos te gustan más los finales abiertos o cerrados?

-Cerrados. Y procuro que siempre sean cerrados (ríe), pero evidentemente ellos, en algún libro, lo leen como si fuera un final abierto.

-Te preguntaba sobre esto porque hace unos días, hablando con tu colega de la Academia de Letras, Eduardo Álvarez Tuñón, él también manifestaba su predilección por los finales cerrados. Y, en verdad, sus cuentos cierran de manera perfecta.

-Hablando de los cuentos de Eduardo, en su último libro (Donde la luz se pierde) tiene uno autobiográfico. Habla de que iba al colegio donde su mamá era maestra. Es genial, uno de los grandes cuentos sobre la educación en Argentina. Delicioso, conmovedor completamente.

-¿Qué es lo que más te impactó?

-El otro día le dije que me había impresionado muchísimo, que me había encantado lo que hace una madre para que su hijo permanezca con ella en el mismo colegio. ¡Que pase de ser un colegio solo de nenas a ser un colegio mixto, metiendo en el medio a la embajada norteamericana! (Ríe) Es extraordinario.

-¿Cuál es el próximo De Santis? ¿De qué pinta?

-Ahora estoy trabajando en una novela policial, pero más realista. No en un mundo más idealizado como el de Academia Belladonna, sino sobre un crimen en el Sur durante la época de la ceniza volcánica. O sea, junto la ceniza volcánica con unos crímenes y con un policía que va a investigar.

-Pasás de las nieblas de Londres a las cenizas volcánicas del Sur.

-(Ríe) Sí. Me acuerdo que me impresionó cuando fui a Villa La Angostura lo que había quedado de ceniza.

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